El pecado de Onán

Cuando era adolescente, me masturbaba en la bañera con un chorro de agua abundante sobre mi vagina, monte y clítoris. A mayor presión y temperatura del agua, más rápido sentía el orgasmo. Entonces tenía que lidiar con la culpa y la autocensura, pensaba que la masturbación era una abandono de la voluntad, mi debilidad.

Hoy por hoy sigo buscando la candestinidad para la masturbación, aunque uso mis dedos para logralo. Me acuesto, mis piernas están muy abiertas, mis rodillas levantadas. Uso mi dedo medio humedecido, para estimular y frotar encima y alrededor de mi clítoris. Mi otra mano tira los labios hacia atrás, manteniendo una débil tensión sobre el área del clítoris. Alterno este frotamiento rápido, aunque sutil, del clítoris acariciando lentamente la entrada de la vagina.

Mis pezones se erizan reclamando atención. Ejerzo presión sobre ellos, rodeando todo mi pecho en modo envolvente. El movimiento en mi clítoris es circular e in crescendo. Voy comenzando lentamente con una ligera presión, y luego aumentando la presión hasta que empiezo a acabar. Finalmente, me voy deteniendo de acuerdo a la sensación que deseo hasta completar el orgasmo.

Actualmente no recurro al agua de la ducha, salvo cuando me he excitado previamente. Hago correr el agua más fuerte, me elevo más cerca del chorro y lo dejo golpear en mi vagina. Cuando acabo la sensación es burbujeante, un descorche de placer en el centro de mi ser.