Algo en mitad de ninguna parte

A 24 kilómetros de la carretera asfaltada más próxima, al lado de una sucia carretera que se pierde en el desierto de Mojave. Es un lugar en el que no hay nada y lo más cercano son unas chozas, a unos 8 kilómetros. Su rareza y soledad cautivaron a no pocos, a finales de los 90 cuando la cabina se convirtió en todo un fenómeno en internet y se puso de moda llamar a su número para ver si alguien contestaba


Ese tipo de rarezas son como el maná de cualquier viaje que se precie de gratificante. Desgraciadamente suele ocurrir que elegimos el paquete turístico, con sus “rutas” bien diseñadas para llevarnos como el ganado trashumante de un lugar a otro. Ninguna sorpresa, ningún descubrimiento, cero emoción. Si, es verdad que la economía no está para aventuras de envergadura, pero escaparse unos días para ver lo que ya se sabe (gracias a Google) deja un poco patidifuso.

Unicamente cuando he viajado sola he podido perderme entre la retícula urbana: museos callejeros, plazuelas y mercadillos curiosos. Creo que tampoco son necesarias largas distancias para descubrir un punto en mitad de ninguna parte, chispa y emoción fuera del camino. No se trata de una aventura ni extravagancia que haya decidido dejar hueco en mi estantería sacando mis libros a la calle, o más bien ubicándolos por la ciudad con la finalidad de que alguien se lo lleve y lo lea. Esta práctica se llama BOOKCROSSING, que encima la palabreja se las trae, y tal y como somos en este país, poco éxito va a tener el tema. Yo voy a seguir “callejeando” y sorteando los rincones típicos, que aunque sea una llamada en mitad del desierto, siempre me hará ilusión.