Alma, sangre y diablo

Fernández-Armesto: « Cuando existe tanta realidad a nuestro alrededor, es dificil de entender por qué las audiencias se inclinan por la fantasía.» Yo creo que es fácil de entender. Existe un deseo creciente de evadirse de una realidad desagradable. Siempre ha estado ahí, pero en tiempos de crisis (como los actuales), lógicamente, la necesidad aumenta.

Necesitamos historias llenas de fantasía. Nos seduce el mito del vampiro, el angel exterminador o el licántropo que descarna a sus víctimas, porque nacen del imaginario de la mente despertando al mismo tiempo nuestro instinto canibal, nuestra voluntad autodestructiva y nuestra natural tendencia al aborregamiento.

Para muchas personas, las fantasías se confunden con los deseos que dependiendo del código moral de la persona, se quedan en el imaginario o son llevadas a cabo movidas por el deseo. Por ejemplo, ser prostituta y devenir el “objeto de deseo”, es una fantasía recurrente en muchas mujeres, pero ahí se queda normalmente, en fantasía, pues los sistemas de valores de la mayoría de mujeres que fantasean con eso no les permitirán nunca convertirlo en deseo.

Muchas fantasías son “inconfesables” porque cualquiera que manifestara tener el deseo de realizarla podría ser tratado de temerario. Haciendo un poco de humor negro, traspasar ciertos límites puede llevarnos a vender el alma al diablo, dejando que nuestro deseo se materialice sin código moral alguno. Hay tras esto una fea realidad que algunos escarban impunemente, siempre que no haya que mancharse ni tratar directamente con ella, claro. Por eso, la fantasía nos enseña hasta dónde podemos llegar, a qué sabe el  límite.


La vida real está repleta de horrores y sinsabores, es lógico que muchos nos hospedemos en el mundo de la fantasía. El realismo, en cambio, es para la élite acomodada, que puede observar la triste y cruda realidad desde la barrera, sin padecerla, sin que le salpique.