Con nocturnidad y alevosía

Vas a estar de acuerdo conmigo frente a la afirmación de que quien trasnocha no vive el día. Yo que he llegado a una edad crítica, en la que el cuerpo ya no es que te rinde al 50%, es que llega a quedarse en -20. El cansancio y el sueño hacen su presencia monopolizando el momento, una eternidad hasta encontar el ansiado lecho de la cama. Sobre todo cuando el jolgorio y la bebida han sido intensos, cuando se han dilatado las vivencias hasta la extenuación.


Aún y todo, podría decirse que una noche que se extiende hasta la mañana puede tener un delicioso efecto en mi cuerpo. Un deseo que no atiende a razones de agotamiento, que pone en marcha mi reserva energética y eleva sin control los niveles de dopamina. Reconociendo que la energía sexual es una fuerza muy potente, un torrente eléctrico que busca su vía de escape más compensatoria en el climax orgásmico.

Recuerdo especialmente una mañana, desnudos en la cama. Despuntando el amanecer, con el cuerpo hinchado del desfase nocturno, sintiendo el irrefrenable deseo de notarte dentro de mi cuerpo

-Hola cariño. No digas nada. Me da igual si te pillo mal. Tu calla y goza.

Salto mortal, tirabuzón y zambullida. Todo con el cuerpo embriagado de trasnochar, sin ducha previa y con perversa intencionalidad. Y en mi modus operandi de egoismo y autocontemplación, ahí es desde donde me solidarizo contigo, desde donde te entiendo y desde donde te amo.