Noventa y nueve maneras de querer

Habían nacido en Texas, pobres como las ratas. A Clyde le iba la marcha, y fue un chaval precoz que debutó robando unos chuches en la tienda de su barrio. A los 17, lo detuvieron por primera vez, y a los 21 ya era carne de trena. A Bonnie le chiflaban los niños, el country, su querida mamá, pintarse las uñas, escribir poemas, y hacerle mimos a su mascota, un conejito.

En la historia de Bonnie and Clyde encuentro siempre esa forma de querer inusual. Una forma de amar que es especial. Este tipo de amor se entrega totalmente y sin condiciones, no busca la satisfacción de las necesidades propias y pone al otro en primer lugar. Ama a pesar de los defectos y debilidades, y es firme como una roca.

El amor hace tiempo que es sólo un eslogan, cualquier aprecio envuelto en papel de tarifa que determina el valor del riesgo que queremos asumir. Por eso tenemos el querer con “corazón entornado”, dándose poco a poco para que dé tiempo a que cierren bien las heridas de un corazon partío.

De ahí van surgiendo decenas de despropósitos para el querer. Querer a cobro revertido porque comprometo mis ilusiones. Amores puente, que sólo te preparan para la siguiente relación. Amores escaparate, que varían según tendencia y temporada. Amores alfombra, que ocultan más mierda de la que se ve. Amores carceleros, que pretenden que además, jamás vuelvas a ver la luz del sol. Amores placebo, que intentan hacerte creer que sin ellos estarias mucho peor de lo que viniste. Amores taxidermistas, que matan, ahogan y disecan todo aquello por lo que un día se enamoraron de ti. Amores republicanos, que si no estás con ellos, estas contra ellos.

Amores de primera, pero siempre con segundas. .  Podría llenar una lista con noventa y nueve formas de mal-querer, pero ninguna me encaja. Por eso hoy me he acordado, con nostalgia, de la historia de los que mueren por querer mucho por muy poco. Y es que a día de hoy, ya nadie muere por amor.