Adicción post-moderna

Solemos creer que los estigmas y prejuicios en el sexo siempre han sido los mismos, convencidos de que nuestro “modelo” de sexualidad es eterno, único y por tanto infalible. Las denominaciones no siempre han sido despectivas. Antes, desde las instituciones morales se hablaba, por ejemplo, de “pecados de la carne”, de “sodomía” o de “deber conyugal”.

“Vida sexual”, “homosexualidad”…neologismos que surgen dentro del ámbito de la sociedad de marcas y etiquetas, a ellos se une el término “puta”, con todas las letras, para calificar a la prostituta. En la libertina, creativa y hedonista Grecia antigua, las cortesanas tenían además un papel sagrado y su entrega generosa al prójimo era sinónimo de amor universal y desinteresado, raros eran los templos o las festividades en los que en algún momento las mujeres de cualquier condición no se entregaban a todos aquellos que lo deseaban.



Pienso que, para que  surja el estigma, el prejuicio, la condena y el miedo, tiene que existir algo que consideremos un problema. Ocurre con las conductas sexuales que atentan contra la moral, y que hacen del sexoadicto (o de la ninfómana) un condenado triple: por la propia adicción, por ser adicto y por el sexo. De ahí la normativa social, el control y la restricción al desorden moral. En contrapartida, cuanto más estricta sexualmente es una sociedad más adictos al sexo hay.

Podría ser que mi ardor sexual no sea una adcición, sino más un defecto de moral en sangre o un uso demasiado bajo de puritanismo. Decía Joaquín SabinaLo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción“. Y yo pensando que era una adicta al sexo..vaya