Dónde acaba la fantasía y empieza la perversión

Decía Ray Bradbury: “hay que inyectarse todos los días con fantasías para no morir de realidad”. Todo el mundo, en mayor o en menor medida, vivencia imágenes y pensamientos sobre temas sexuales los cuales nos llevan a sensaciones muy placenteras. Con las fantasías no tenemos “límites”, la creatividad se desborda pudiendo caer entonces en terrenos prohibidos y donde todo es posible.

Cuando fantaseamos hacemos todo lo que no nos atrevemos o no queremos hacer, siempre sin tener que variar nuestro comportamiento y nuestra vida cotidiana. Sólo cuando se trapasan los límites la fantasía se convierte en desviación del instinto sexual y se denomina “parafilia”. De este modo la perversión se manifiesta de varias formas: mostrando los genitales, buscando el sufrimiento de la pareja, erotizando el propio sufrimiento, participando con un tercero o más en el acto sexual, con la mezcla de la orina y las heces, entre otras cosas..

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En mis fantasías siempre está presente el elemento masculino, tanto si es individual como colectivo, mi sueño es agarrarme a esas partes del cuerpo del hombre que son mis juguetes de niña viciosa. Soy lasciva imaginando estrecheces donde los cuerpos van encajando como piezas en un puzzle. El summum sería ver machos disfrutando de sus cuerpos sin tabues, todo en un escenario muy exhibicionista  para satisfacer mi hambre voyeurista. En privado me enloquece una parte del cuerpo en concreto, soy fetichista de la axila masculina y casi me da apuro reconocerlo.